
La humedad se condensaba en los fracturados adoquines de la calle oscura. Las viejas piedras de granito brillaban con el resplandor anaranjado que sobre la techumbre nublada del cielo proyectaban las luces de mercurio de la ciudad, tan próxima y lejana.
El Sol se había ocultado ya. La última claridad del atardecer se iba desvaneciendo del todo. Las casas vacías, bajas y antiguas, flanqueaban la calzada a lo largo de dos cuadras. La mayoría estaban semiderruídas. Les faltaban techos y aberturas. Tenían los revoques agrietados, las puertas cerradas con chapa y madera ocultando los zaguanes rotos. Algunas ventanas, balconeando sobre la vereda, conservaban restos desvencijados de sus postigos, muchas, ni eso. Era lo que quedaba del antiguo barrio.
…
Fueron llegando de a poco, saliendo de las casas iban a reunirse en la esquina del almacén. Primero fue Don Victorio el constructor –“construtore” y no “maestro mayor de obras”, como siempre se encargaba de aclarar-. De su lápiz, y de sus manos, habías salido buena parte de las casas del barrio. Luego llegaron los Pietranera, encabezados por el viejo Giulio. Con él venían sus seis hijos y veintidós de sus nietos. Don Victorio les repartió una indicaciones, un grupo fue a la búsqueda de picos y palas, y otros a mano desnuda nomás, empezaron a remover adoquines. Jacinto Olmos apareció con menos gente, pero Doña Ofelia –su patrona- rápidamente, y con ayuda de las de Pietranera, se puso a juntar baldes, bateas, pinceles y rodillos. En tanto Jacinto y los suyos se daban a la tarea de desmontar los restos de postigos, zaguanes y aberturas que subsistían en las casas.
La cosa no se detuvo allí. Seguían llegando. Llegaron Mercado, el almacenero, Bastos, el talabartero, los hermanos Ferretti, que habían tenido taller de herrería a varias cuadras de allí, pero vivían en la esquina done ahora terminaba el viejo barrio. Y muchos más, eran cuatro generaciones que habían vivido y trabajado en esas casas ahora vetustas. Se arrimaban a la esquina donde Don Victorio distribuía tareas, indicaba, asistia y organizaba. Pronto las dos cuadras eran un hormiguero de gente que iba y venía. Martillaban, lijaban, rasqueteaban, pintaban, serruchaban. No tenían mucho tiempo, era la última oportunidad, la última resistencia.
El último en llegar fue el “Colacha” Lucero. Medio linyera, medio vagabundo, de tiempo en tiempo botellero, viviendo siempre en los fondos del galpón de Mouriño. Se sentó sobre unas maderas en la esquina del almacén, sacó del estuche un pequeño acordeón a piano y se puso a hacer lo que en verdad sabía. Del viejo y apolilado fuelle brotaron, revoloteando por el aire febril de las dos cuadras, una mescolanza continuada de canzonettas, milongas, polkas, valsecitos, sambas y pasodobles. La calle, entonces, parecía menos oscura.
…
¡“Ring, ring”!
El Ingeniero dejó la maquinita de afeitar y fue a atender el teléfono con media cara llena de espuma.
-Hola, ¿quién habla?
- Buenos días Ingeniero, y discúlpe que lo moleste en su casa, soy Negri, el Capataz.
- Ah, Negri, sí. Buen día ¿Cómo anda eso? ¿Algún problema?
- Mire, puede ser, sy y no. Bah, no sé. ¿Cómo explicarle? Si fuera posible le iba a pedir que se diera una vuelta por acá. Para ver ¿vio?
- Pero, ¿qué pasa? Dígame, por favor, ¿ha habido algún inconveniente?
- Y, los muchachos todavía no han querido empezar, por las dudas. No sabemos muy bien qué es lo que puede estar pasando. Yo, la verdad, que tampoco, es todo muy raro, y…
- A ver, Negri –le interrumpió el Ingeniero, ya ofuscado- ¿No me puede decir qué es lo que pasa?
- Vea Ingeniero, la verdad es que así por teléfono no sabría cómo explicarle. Perdone que le insista, pero tendría que venirse Usted mismo para acá.
- Bueno, bueno, yo ya estaba saliendo, pero más vale que sea algo serio, porque voy a llegar tarde a una reunió que tenía en la empresa.
El Ingeniero cortó el teléfono, puteando para sus adentros. Los trabajos deberían haber comenzado a las siete de la mañana, y ya eran las ocho y media. Hasta ahora estaban dentro de los tiempos estipulados en la licitación y, si por cualquier problema –laboral, imaginaba él- llegaban a atrasarse unos días siquiera, él, como director de obra, estaba frito.
…
Frenó la camioneta en la entrada del obrador. El enjambre de cascos amarillos que entrevió detrás del cerco de madera que circundaba toda la zona de obras incrementó su enojo. Eran casi las nueve y todavía estaban los obreros todos allí, sin trabajar. Faltaban nada más que dos cuadras, y la nueva avenida, de cuatro carriles por mano, desembocaría en el nuevo acceso a la autopista.
Dos cuadras de casas ruinosas. De un lado se iba a levantar un shopping con estacionamiento para cuatrocientos vehículos, y enfrente, un lujoso complejo de edificios de oficinas, las cuales ya estaban vendidas antes de que se hubiera plantado un solo ladrillo. Y el tiempo contaba. No era como cualquier otra obra pública, aquí había un montón de plata de inversionistas privados, que medían con cronómetro el uso que se le daba a los recursos comprometidos en el proyecto. ¡Dos cuadras de mierda! De casas decadentes que se caían a pedazos, y los obreros hacía dos horas que tendrían que estar trabajando, demoliéndolas.
…
- Venga Ingeniero, venga a ver Usted mismo –el capataz lo fue guiando hacia dentro del obrador, moviendo los brazos como aspas para señalarle lo que debía ver- Así como ve encontró las cosas el sereno. ¿Ve? No falta nada, pero ha quedado todo hecho un desparramo. Yo por teléfono no le quise decir más para que no se enbronque de gusto, además pensé que eran macanas de viejo. Porque la cosa es que dice el hombre que desde hace unos días viene escuchando cosas… ruidos, como de gente que habla, y qué sé yo qué más. Según parece ha salido de la garita varias veces cada noche, pero no ha visto a nadie, ningún movimiento raro, y ahora esto…
Mientras hablaba pasaron entre medio de los obreros silenciosos, que miraban desconfiados la llegada del Ingeniero, y al terminar la parrafada, el capataz detuvo sus pasos justo en la bocacalle, en el extremo de esas dos cuadras que restaban ser derribadas para que pasara la nueva avenida de cuatro carriles por mano.
El Ingeniero ya no vio esas dos cuadras de adoquines grasientos y rotos, llenos de baches, de casas viejas y deterioradas. A la vista de sus ojos se extendía una calle de adoquines pulidos y relucientes, primorosamente colocados, con arena húmeda aún en sus instersticios, dibujando ese sinfín de semicírculos que se iban intersecando y superponiendo a lo largo de las dos cuadras.
A ambos lados de la calle lucían las casas impecables y coloridas, como el barrio de Caminito en La Boca, como una postal turística. La casa de la esquina más próxima era de un celeste intenso, la seguía una de blanco tiza. Luego, un caserón de amplio frente, con dos ventanas a cada lado del zaguán y cochera, estaba pintada de un rosado suave. Verde lima, lavanda, aguamarina, naranja, amarillo, las dos filas de casas eran como una caja de acuarelas. Allí en la esquina, la persiana del almacén, sin rastros de herrumbre y pintada de un verde oscuro, parecía nueva y mostraba, escrito en el fileteado que hacían los letristas de antes, el nombre del comercio. Los postigos de las ventanas y los zaguanes se veían prolijamente reparados, lo mismo que las barandillas de los balcones. Las molduras, las veredas, los cordones de las veredas, todo era flamante.
No era posible. Allí tendrían que haber trabajado a brazo partido varias cuadrillas de gente. Apenas dos tardes atrás el Ingeniero había recorrido la zona, supervisando que estuviera todo dispuesto para ejecutar el último tramo restante y comenzar la demoliciónesa misma funsesta mañana, y el aspecto de esas dos cuadras endemoniadas era igual de calamitoso que cuando se había iniciado la extensión de la nueva avenida, de cuatro carriles por mano, hacía ya más de cinco meses.
- Esto… parece joda –alcanzó a murmurar estupefacto.
Caminó las dos cuadas hasta el otro extremo, donde se estaba construyendo el acceso a la autopista, seguido por los pasos presurosos del capataz.
El desconcierto fue cediendo su lugar a una contenida ira. Imaginó que las consecuencias de lo sucedido se le adjudicarían a su responsabilidad. Quienquiera que estuviese detrás del insólito acontecimiento, no sólo complicaba a la empresa, al municipio, a los inversores, al plan de reordenamiento urbano. Querían joderlo a él, le estaban jodiendo la vida.
Tanteó la pared. Claramente la pintura estaba todavía fresca. Probó en un zaguán, y lo mismo, el barniz apenas se estaba secando. Tomó el picaporte, de bronce reluciente y lustroso, y apenas empujó cedió abriéndose con facilidad. Entonces creyó encontrar el sentido de toda la enojosa situación. Probó en dos o tres puertas más y halló lo mismo. Puertas adentro las casas seguían semiderruídas como la habían estado los frentes y la calle hasta el día anterior. Todo el misterio terminaba en las fachadas. Parecía uno de esos megaestudios de filmación donde sólo los frentes de los edificios tienen existencia real.
Velozmente regresó al obrador, decidido ya lo que debía hacer. Llamó a los obreros, trepó a una pila de escombros y se dispuso a arengarlos como si se tratara de un batallón de soldados en vísperas de entrar en combate. Les dijo que, verdaderamente, no tenía idea de quienes habían hecho semejante fantochada. Pero que, bien lo sabían, todo el proyecto de reordenamiento urbano había sido cuestionado por la oposición al gobierno y, claramente, debía haber intereses políticos por detrás de lo sucedido. Que en todo ello, seguramente, estaba la mano de las asociaciones de vecinos y los grupos de protesa que habían accionado en la justicia para que las obras no se ejecutaran. Que, probablemente, habrían ingresado por la noche a acopiar los materiales en el interior de las casas. Les aclaró, terminantemente, que no iban a paralizar la obra sólo porque algunos chistosos hubieran pintado de colores los frentes de las casas. Hizo hincapié en que, si no empezaban a trabajar, iba a tener que hablar con el sindicato para ver si es que ellos estaban en huelga, o si había algún otro motivo de peso para que estuvieran allí sin hacer nada. Les señaló que, en definitiva, lo que estaba en juego eran sus puestos de trabajo y los jornales que deberían cobrar. Le dijo, además, que eran gente grande como para andar haciendo bulla por cuentos de aparecidos y pavadas así. Por fin, concluyó, enfático:
- Así que, muchachos, a laburar. Acá, en un par de días, de estas dos cuadras, no tiene que quedar nada, ni el recuerdo de los fantasmas.
Luego de la arenga, el Capataz se fue aparte con el Ingeniero, quien le dio unas breves y rotundas directivas, regresó enseguida al grupo de obreros y comenzó a disparar órdenes, poniéndolos en movimiento.
Quebrada ya la parálisis, ambos se dirigieron hacia la topadora. La máquina resopló varias veces hasta que el enorme motor diesel se pudo en marcha. El Ingeniero se trepó a la escalerilla junto a Negri, que ocupaba el asiento del conductor. Las cosas eran así, había que dar el ejemplo. Por detrás de ellos se iban sumando el tronar de la pala mecánica y la motoniveladora.
Aún el capataz, apretando los dientes y enarcando las cejas, como con un resto de duda, miró interrogante al Ingeniero, que, para hacerse oír por sobre el estrépito de motores, gritó, alto y fuerte:
- Déle ¡déle nomás!
La Plata, 2007




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