12 octubre 2010



Cerrar la puerta y encender la compu, llevar a cabo la cuenta profana de las historias que agitaron las aguas de la vida, las que no fueron, las que fueron soñadas, las que eran, fácticamente, materialmente, imposibles.

La suma de nostalgias completa los huecos de una biblioteca de libros leídos, y desleídos, unos subrayados y con hojas sueltas, otros virginales, preguntándose si quedarán en la cuenta de lo que alguna vez podría haber sido.

Los números de teléfono se pierden y se mezclan, provocan equívocos olvidables, desencuentros de segunda mano, silencios en espera, tonos de ocupado, el no atender rotundo en pos de la desgarbada paz de la soledad.

La radio, infinitamente eterna, acompaña los silencios elegidos, y un montón de papeles reclaman deberes y cuentas, avisos y reclamos, cuando lo único que acontece son los ecos de políticas y militancias.

El tintineo de los pájaros bebiendo el agua del desagüe del techo convoca al patio repleto de cielo, a volver a la puerta, abrirla y salir, y caminar por una sola hilera de baldosas, a la tarde sola, saturada de sí misma.

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