
Usted debería saberlo, dice el detective, más que nadie, dice, mientras enciende su pipa con ése gesto forzado que hacen los fumadores de pipa, medio como inclinándose al costado, es más, creí que usted se daría cuenta mucho antes que yo, dice el muy taimado, sobrándome, satisfecho de haber descubierto algo que podría yo haber visto por tenerlo delante de mis ojos, y por lo cual además él no habría cobrado un sólo peso. Pero lo vio el primero, y era evidente, tan evidente que podía estar ante mis narices sin verlo. Él, por supuesto, tiene la perspectiva que yo no. Y para regodearse con su estocada sentencia, es lógico, es matemático, y entre risitas chupa su pipa quedando oculto en la humareda. Es una cuestión de tendencia, se explaya, no de velocidad, es como la serie infinita, que puede demostrarse que converge a un valor límite, pero lo hace lentamente, muy lentamente. Usted sabe que siempre se va a poder acercar un poco más, pero nunca llegar del todo. Insiste, el ladino, cuando él sabe que ya me ha quedado perfectamente claro. Está en su derecho, en definitiva, y además le pago para que descubra esas pistas. El detective queda rotundamente envuelto en la humareda, retraído en las nuevas reflexiones que el hallazgo sin duda le provoca. Pero tengo que reconocerlo, la solución era verdaderamente trivial. El escenario había sido lo suficientemente claro, sólo había que componer los detalles. Aquello podría haber sucedido, pero no sucedió, incluso, aquello debería haber sucedido, cualquier juez o fiscal se hubiera dado por satisdecho con las pruebas y testimonios obrantes en la causa, sólo por el detalle de que no había, no hubiera habido causa, porque, casi una menudencia, no hubo crimen alguno. Entonces, le pregunto, entonces queda aún el misterio principal. Y el Detective carraspea, con ése carraspeo molesto que ya le conozco, y que suele preceder a una serie de preguntas formuladas con tono profesoral, que él cree que es un tono detectivesco, pero es profesoral, y por cierto no pienso hacérselo notar. Y a continuación, luego del carraspero, que tiene como función llamar la atención del contertulio, comienza nuevamente a perorar. Usted dice misterio, usted dice que el misterio que queda por resolver es saber quién y cómo pudo forzar la caja fuerte, pero verá, en primer lugar usted no me contrató para eso, usted me contrató para acusar o recusar las hipótesis que previamente ya tenía, el contrato fue claro al respecto. Se detiene para fumar nuevamente, y para dejarme vacilando con sus palabras, pero él sabe y yo sé que su advertencia es puramente protocolar y vacua, que él ya avanzó por ese sendero investigativo, que sólo está recalculando sus honorarios. Cumple su personaje a la perfección, hay que reconocerlo. Ahora bien, dice, lo que le sorprenderá es que en esta cuestión nos vamos a encontrar, de alguna manera, en situación parecida a la anterior, aunque diferente, claro es. Le sigo su acostumbrado estilo paradojal, pero ahora con una inquietud creciente, como sintiendo la solución nuevamente delante de mí, pero esta vez sin atreverme siquiera a mirarla. Si componemos todos los elementos obrantes en la escena del no-crimen, porque, deberá recononcerlo, todavía no está claro que lo haya habido, cuando excluímos las alternativas absurdas o carentes de móvil, cuando analizamos el modo en que esa caja fuerte fue abierta, sin forzamientos, sin violencias, sin roturas, y sigo su razonamiento, y voy percibiendo adónde me quiere llevar, y mi inquietud es cada vez mayor. Si tenemos en cuenta todas las premisas enumeradas, entonces, caballero, creo que la circunstancias se aclaran de manera formidable. No hubo escritura, no hubo alcohol ni drogas, ni arteras maniobras para engañarlo, dice, enumerando pausadamente, y el razonamiento es como un embudo, sólo que no deseo, aún no me animo, a ver hacia dónde es la salida. La única posibilidad, lo único factible en esta suma de factores concurrentes, dice, dejando un espacio de silencio, acaso para que lo interrumpa con vehemencia, es que el autor del siniestro, que la persona que abrió esa caja, haya sido usted, caballero, que haya sido usted, y que usted mismo haya hecho entrega del contenido, y sepa que tengo varias hipótesis sobre sus móviles, pero eso creo que no es lo nos interesa ahora, ¿no es cierto? Dice sonriente, porque sabe perfectamente que sus argumentos son irrefutables, que no pudo haber sucedido de otra manera, que ahora lo sé, con claridad deslumbrante, y su silencio satisfecho me deja pensando, extrayendo todas las consecuencias de lo acontecido, mientras saca de su viejo portafolios, con deliberada lentitud, el talonario de facturas, la pregunta, caballero, dice, que yo no me haré, porque aquí terminan los servicios para los que fui contratado, la pregunta cuya respuesta deberá usted descubrir, por sí sólo, es por qué abrió la caja, por qué extrajo todo su contenido, y qué es lo que espera ahora luego de haberlos entregado, puestos a disposición del dominio público, por así decirlo, pero como le decía, esas preguntas no las puedo responder yo aunque tengo hipótesis, porque en definitiva, se trata de su fortuna, de su heredad, de sus propios secretos, su patrimonio existencial, caballero, aunque sepa ciertamente que me parece de una gran audacia. Yo, por cierto, aunque soy un tercero desinteresado, y pese a que lo hecho es irreversible, le digo honestamente, que ésa es una jugada extremadamente arriesgada, insólita, que pocos se atreven a hacer, concluye, mientras se incorpora del sillón, me deja la factura sobre el escritorio y sale por la puerta, silbando, el muy hijo de puta, y tiene razón. En todo.




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