
La lapicera escribe el número en una libreta, los números uno tras otro, sin vacilaciones, como con satisfacción por haber logrado obtenerlos, satisfacción oculta pero visible. Dio con ellos, con los números, en apretujada hilera de ellos, y quien sabe si como una larga serie de otras series de números, previos, ya consumados. Porque esa hilera prieta de números son una clave, una clave secreta, de lo más secreto que poseo, son la clave de mi cuenta bancaria en Suiza, allí donde tengo guardada, preservada, toda mi fortuna, toda mi riqueza, mi heredad. Y los números de ésa clave, que resguarda –de algún modo- mi propio ser- se han ido anotados en esa libretita. Puede decirse que a partir de ése simple –sutil– episodio, mi batalla puede darse por perdida. ¿Qué queda después de eso? El detective me semblantea y con tono irónico me sobra, pero a Usted no le han robado nada, calibra, y tiene razón, hay robos que son más sutiles, que apelan a mecanismos más perversos. Al cabo, tiene razón, y ni éste, ni ningún otro detective, policía o juez encontrarán mérito alguno para iniciar una causa penal. Quizá ya esté perdido, quizá no lo sé aún y con esos números que se trastocan, se permutan, se entremezclan, ya han abierto la caja de seguridad que preserva mis últimas riquezas, quizá ya he sido saqueado y no me he dado cuenta. Claro que no, dice el detective con tonito de superioridad condescendiente, hasta que haya efectivamente algún hecho pasible de ser denunciado no podemos hacer nada, claro que no, el humo de la pipa se retuerce en el aire, y el mismo momento, el instante justo en que los números iban siendo escritos en el papel ronda mi cabeza, detenido en el tiempo, tratando de recordar algún detalle, algo que pudiera ayudarme a comprender lo sucedido. Claro que yo le entiendo, insiste el detective, no se vaya a creer, pero aunque tenga la seguridad de encontrarse en el centro de una conspiración, debemos llevarle al juez algún hecho concreto, alguno. Claro que tiene razón, la misma argumentación la podría haber dado yo, o aún, con muchos menos indicios que lo que poseo en este caso, me hubiera considerado sin atenuantes un charlatán más. Pero los números se iban escribiendo, uno por uno, lentamente, como triunfales de haber sido obtenido por el engaño artero. Entonces recordar la escena de ése –potencial, incierto- crimen, dónde se encontraba cada uno de los presentes, si se conocían, qué dijeron, qué dijo cada uno, cómo se miraron, todo, cada ínfima cosa puede ser reveladora. Claro que también es posible que no haya conspiración concluye el detective, usted se maneja con la hipótesis innegociable de que sí la hay, pero sabe también que puede no haberla. Claro que lo sé, claro que sí, y sólo mi ansiedad por esos números perdidos, por no saber en dónde están, la angustia insondable de no saber qué harán con ellos, me lleva a apostar a un motivo oscuro, siniestro, pero sí, claro que las cosas podrían ser mucho más simples, de hecho ser así, sin más aditamentos, como lo suelen ser muchas veces las cosas en esta vida. Aunque ésa, lo reconozco al fin, es la hipótesis que menos deseo.




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