14 diciembre 2010



A la tardecita la calle cuarentyocho, llegando a uno, se pone oscura, o creo que en aquélla época era oscura, y no sé cómo es ahora, pero en lo que recuerdo de aquélla vez me parecía oscura. E íbamos a una asamblea, a la facultad de exactas, y eras rubia, o lo eras suficientemente rubia, y en esa cuadra, hablando de tonterías, como eludiéndo hablar del qué, como esquivándole el bulto, como haciéndo de cuenta que, que como quién no quiere la cosa, nos dimos la mano, rubia, sin mirarnos, como haciéndonos los boludos, mirando para otro lado, nos rozamos las manos y entrelazamos los dedos, y yo no sabía qué pensar de vos, y vos, vaya a saber qué cuernos pensabas –si pensabas algo- de mí. Había el umbral de una casa que pintaba lindo para detenerse ahí a hacerse arrumacos, a apretar, y no sé si nos paramos ahí, o si a la pasada pensé que sería un buen lugar, o si hubiera deseado que estuviéramos un rato ahí. Capaz, rubia, que la rubia y yo pensamos lo mismo, pero de puro hacernos los boludos no hicimos nada y pasamos de largo, y creo que en esa cuadra no nos besamos, porque estaba la asamblea, y porque en exactas, y porque el conflicto estudiantil, y Menem o Duhalde, de veras que no recuerdo bien. La asamblea en exactas, con ésa rosca creída de sí misma, con ésa impostación de importancia de la militancia estudiantil, con todos los tics de impunidad absoluta de aquélla militancia estudiantil. Y la rubia, eras todas las rubias, la única, al menos en mi pedigrí, te acordás rubia? Que las rubias siempre me habían sido esquivas, no como al Che Guevara, seguro, que me guiñaba un ojo cómplice desde alguna calcomanía de tu cuaderno, seguro que al Guevara ése se le habían dado las rubias, o al menos: qué rubia, como vos, rubia, no le hubiera dado pista al galán guerrillero, tan icónico, tan Marylin Monroe de la Revolución. Te acordás, rubia? Un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal, pegadito y punto seguido con aquello de no perder la ternura. Aquello sí que garpaba, la pólvora y la ternura. Aunque en aquélla militancia la pólvora fuera a lo más de revólver de sevita, y la ternura, bueno, las manos que se agarran en la oscuridad de la calle cuarentyocho, eso sí, mirándo para otro lado, haciéndose los boludos, porque el apriete y los besos vinieron después de la asamblea, donde los compañeros estileteaban con el rosqueo, como midiéndose en el truco, como si estuviéramos discutiendo ministerios y subsecretarías, o el paso a la guerra prolongada y el frente único antimperialista. Pero según creo, o debiera recordar, en el fondo se trataba de quién ponía su bandera más a la cabeza de una marcha, disputa jodida che, si las hay. Así que nos mirábamos cómplices en medio del debate, cómplices solamente de una mano que nos dimos, faltando una cuadra para llegar a exactas, o cómplices de lo que, se supone, debería venir después, pero que, oh, detalle, garronazo, no vino nada, porque la rubia, te acordás? Terminó escabulléndose, no me puedo explicar por qué, porque te acordás rubia, cómo apretamos después? Qué biaba de roces y toqueteo que nos dimos, la rubia y yo, ésa que era todas y la única rubia, y la noche nos encontró calientes como dos pendejos, pero vos no querías, y ahí el glamur de rubia brava se te había ido al carajo, y tenías miedo de vaya a saber qué, y no querías, y seguro que el pantalón ajustadito ése que llevabas, ése que te marcaba la curva imponderable de atrás, seguro que hasta ahí llegaba la humedad, porque nos tocamos hasta el alma rubia, y temblabas, cómo temblabas en un momento, y ahora pienso que capaz acabaste ahí, en la vereda, porque la asamblea había terminado, y ni vos ni yo, ni la rubia que era todas y una, nos acordábamos un rábano de lo que había pasado en exactas, sí nos acordábamos bien de que al finalizar la rosca habíamos salido como un rayo por el pasillo central de la facultad, rumbo a la, ahora sí, oscuridad del retazo de bosque de calle uno y la facultad de ingeniería. Quizá habías anotado algo en tu cuaderno, alguna resolución asamblearia, porque yo no le llevé el apunte a la asamblea, te lo dije, y vos te debías haber dado cuenta ya, por eso de las miraditas cómplices, pero se lo dije y se rió, te reíste rubia, te reíste y te sentiste mirada, porque, convengamos rubia, venías con la estima golpeada, y querías, y te venía bien la mirada. Pero al cabo de la noche estábamos forcejeando en la calle y nada, ya no querías, capaz que ya tenías satisfecha la necesidad de cotizarte y de apretar, y de calentarte un poco, pero no demasiado rubia, no demasiado, no demasiado por las dudas de quién sabe, quizá tenías esperanza todavía de que no te hubiesen dejado del todo, que te vinieran a buscar, y entonces al cabo de la noche, me fui a dormir sin vos, o lo que es lo mismo, me fui a dormir, como tantas veces, irremediablemente solo. Y entonces era sólo eso, y la mano que buscaste vos también, porque extrañabas una mano en tu mano, y justo, justo en esa oscuridad de la calle cuarentyocho, cuando empieza a caer el Sol, ésa mano tuya se rozó con la mía, y haciéndonos los boludos, mirando para otro lado, porque había que ir a la asamblea de exactas, casi de casualidad, rubia, esa rubia, que podía ser todas o la única, o al fin y al cabo, que fue ninguna, ésa rubia, me tomó de la mano.

09 diciembre 2010

Quizá es hora de pensar, problemas clásicos, con herramientas modernas.

Empezar a enriquecer textos clásicos, con categorías que han ido ampliándose al paso del tiempo.

Hora de fortalecer la dirección estratégica -la conducción- en todos los niveles, y en todos los ámbitos -territorio, gestión, acción política- con herramientas, buenas, probadas.

La planificación no es un formalismo vacío y abstracto, ni un curso de acción rígido e impersonal, es un suma de brújula y mapa: saber dónde se está parado, saber hacia dónde se camina, saber qué obstáculos hay de por medio.

Es una hora maravillosa la de este tiempo. Y quizá lo que este tiempo le demanda a la juventud -en tanto generación- no es tanto que sea maravillosa -ni "heredera"- sino que tenga eficacia.

Las flores que valen, son como la flor criolla, las que crecen en el campo, sin abrigo ni cuidado, como la flor de cardo, ésas resisten cualquier tormenta, cualquier seca, son espinosas, pinchan si no se sabe por dónde asirlas, cuando parecen aplastadas basta una llovizna para que broten de nuevo.

El rosal, en cambio, aunque también tiene espinas -incluso más duras-, sólo crece al abrigo de un jardín, no resiste chubascos ni bicheríos.

Es peronismo es como esas artes ancestrales. El maestro y el aprendiz pueden estar vestidos con iguales atavíos, con iguales signos exteriores. Pero no son iguales, de un lado está la sabiduría del tiempo, del otro un camino de aprendizaje por recorrer.

08 diciembre 2010



El tipo viene y dice, frescamente, yo maté a Aramburu, y uno lo escucha, piensa en lo que dijo, repiensa, sopesa las consecuencias de lo dicho. Pero, vieja, a Aramburu lo mataron los montoneros, y hace cuarenta años. Pero yo igual lo maté, insiste, ¿entendés lo que te quiero decir? Y uno entiende, claro que entiende. Pero no vieja, acá las cosas no son así, acá para matar a Aramburu hay que tirar unos cuantos tiros, correr riesgos, traspirar la camiseta, ¿viste? Pero bueno, repite, yo digo que a Aramburu lo maté yo. ¿Y entonces? Pregunta uno. Y entonces que la posta la tengo yo. A mí me parece que no, le digo, vos tendrás la posta allá en alguna Puerta de Hierro, en tu vértice máximo de la línea de mando, pero, vieja, acá la posta la tenemos todos, los que habíamos llegado al baile antes que vos, acá no se viene a copar la parada porque mataste a algún Aramburu, acá a Aramburu lo matamos entre todos. Sin que me diera cuenta, veo que me puso un pin colorido en la solapa de la campera. ¿Y esto qué es loco? Y así como así, como si no se diera cuenta de lo que hizo, el tipo responde orondamente, te puse mi pin. Pero loco, yo ya tengo mi pin, no necesito el tuyo. Sí que lo necesitás, retruca. Y sigue, porque si no te quedás afuera, ¿entendés? Ja, exclamo, afuera de de qué, si yo ya estoy adentro, vieja, adentro de mi adentro, ¡yo no me quedo afuera de nada! Y sí, te vas a quedar afuera, porque lo que tenés que entender es que las cosas cambiaron. Jaja, y ahora me río en serio tejuro, mirá vos… casi que no me había dado cuenta, si no me avisabas seguíamos acá como si nada, ¡qué bueno que viniste a avivarnos, che! Y resulta que el tipo se va calentando, creo, porque ya no sonríe, ya no pone cara de bonachón condescendiente. Mirá, las cosas son así, yo maté a Aramburu, y si te ponés en ésa te vas a quedar afuera, porque además… casi todos ya están adentro. ¿Casi todos? repito, ¿Casi todos quiénes? ¿Esos que están allá con el pin? Pero por favor, vieja, si esos son tus todos, andá tranquilo, te los regalo, hace rato que no salen a la cancha, no te digo que sean malos, pero la verdad que si los mandás a cruzar aquélla avenida ¡se te van a perder! Como quieras, se enoja, yo te aviso que te vas a quedar afuera, por ahora las puertas están abiertas, pero no para siempre. Y será… le digo, ¿sabés qué pasa? Que vos me invitás a tu quinta como si fueras el único que tiene semillas, y encima para sembrar lo que vos decidís y como vos lo decís, y lo que no te das cuenta es que, acá, hace rato que crecen flores, y desde mucho antes que vinieras a querer ser jardinero. Entonces, se envara, te quedás afuera, esto no va a gustar nada eh, me amenaza. Y me deja, medio amargado, no por ése “quedar afuera”, sino porque pienso… otra vez…

06 diciembre 2010


Usted debería saberlo, dice el detective, más que nadie, dice, mientras enciende su pipa con ése gesto forzado que hacen los fumadores de pipa, medio como inclinándose al costado, es más, creí que usted se daría cuenta mucho antes que yo, dice el muy taimado, sobrándome, satisfecho de haber descubierto algo que podría yo haber visto por tenerlo delante de mis ojos, y por lo cual además él no habría cobrado un sólo peso. Pero lo vio el primero, y era evidente, tan evidente que podía estar ante mis narices sin verlo. Él, por supuesto, tiene la perspectiva que yo no. Y para regodearse con su estocada sentencia, es lógico, es matemático, y entre risitas chupa su pipa quedando oculto en la humareda. Es una cuestión de tendencia, se explaya, no de velocidad, es como la serie infinita, que puede demostrarse que converge a un valor límite, pero lo hace lentamente, muy lentamente. Usted sabe que siempre se va a poder acercar un poco más, pero nunca llegar del todo. Insiste, el ladino, cuando él sabe que ya me ha quedado perfectamente claro. Está en su derecho, en definitiva, y además le pago para que descubra esas pistas. El detective queda rotundamente envuelto en la humareda, retraído en las nuevas reflexiones que el hallazgo sin duda le provoca. Pero tengo que reconocerlo, la solución era verdaderamente trivial. El escenario había sido lo suficientemente claro, sólo había que componer los detalles. Aquello podría haber sucedido, pero no sucedió, incluso, aquello debería haber sucedido, cualquier juez o fiscal se hubiera dado por satisdecho con las pruebas y testimonios obrantes en la causa, sólo por el detalle de que no había, no hubiera habido causa, porque, casi una menudencia, no hubo crimen alguno. Entonces, le pregunto, entonces queda aún el misterio principal. Y el Detective carraspea, con ése carraspeo molesto que ya le conozco, y que suele preceder a una serie de preguntas formuladas con tono profesoral, que él cree que es un tono detectivesco, pero es profesoral, y por cierto no pienso hacérselo notar. Y a continuación, luego del carraspero, que tiene como función llamar la atención del contertulio, comienza nuevamente a perorar. Usted dice misterio, usted dice que el misterio que queda por resolver es saber quién y cómo pudo forzar la caja fuerte, pero verá, en primer lugar usted no me contrató para eso, usted me contrató para acusar o recusar las hipótesis que previamente ya tenía, el contrato fue claro al respecto. Se detiene para fumar nuevamente, y para dejarme vacilando con sus palabras, pero él sabe y yo sé que su advertencia es puramente protocolar y vacua, que él ya avanzó por ese sendero investigativo, que sólo está recalculando sus honorarios. Cumple su personaje a la perfección, hay que reconocerlo. Ahora bien, dice, lo que le sorprenderá es que en esta cuestión nos vamos a encontrar, de alguna manera, en situación parecida a la anterior, aunque diferente, claro es. Le sigo su acostumbrado estilo paradojal, pero ahora con una inquietud creciente, como sintiendo la solución nuevamente delante de mí, pero esta vez sin atreverme siquiera a mirarla. Si componemos todos los elementos obrantes en la escena del no-crimen, porque, deberá recononcerlo, todavía no está claro que lo haya habido, cuando excluímos las alternativas absurdas o carentes de móvil, cuando analizamos el modo en que esa caja fuerte fue abierta, sin forzamientos, sin violencias, sin roturas, y sigo su razonamiento, y voy percibiendo adónde me quiere llevar, y mi inquietud es cada vez mayor. Si tenemos en cuenta todas las premisas enumeradas, entonces, caballero, creo que la circunstancias se aclaran de manera formidable. No hubo escritura, no hubo alcohol ni drogas, ni arteras maniobras para engañarlo, dice, enumerando pausadamente, y el razonamiento es como un embudo, sólo que no deseo, aún no me animo, a ver hacia dónde es la salida. La única posibilidad, lo único factible en esta suma de factores concurrentes, dice, dejando un espacio de silencio, acaso para que lo interrumpa con vehemencia, es que el autor del siniestro, que la persona que abrió esa caja, haya sido usted, caballero, que haya sido usted, y que usted mismo haya hecho entrega del contenido, y sepa que tengo varias hipótesis sobre sus móviles, pero eso creo que no es lo nos interesa ahora, ¿no es cierto? Dice sonriente, porque sabe perfectamente que sus argumentos son irrefutables, que no pudo haber sucedido de otra manera, que ahora lo sé, con claridad deslumbrante, y su silencio satisfecho me deja pensando, extrayendo todas las consecuencias de lo acontecido, mientras saca de su viejo portafolios, con deliberada lentitud, el talonario de facturas, la pregunta, caballero, dice, que yo no me haré, porque aquí terminan los servicios para los que fui contratado, la pregunta cuya respuesta deberá usted descubrir, por sí sólo, es por qué abrió la caja, por qué extrajo todo su contenido, y qué es lo que espera ahora luego de haberlos entregado, puestos a disposición del dominio público, por así decirlo, pero como le decía, esas preguntas no las puedo responder yo aunque tengo hipótesis, porque en definitiva, se trata de su fortuna, de su heredad, de sus propios secretos, su patrimonio existencial, caballero, aunque sepa ciertamente que me parece de una gran audacia. Yo, por cierto, aunque soy un tercero desinteresado, y pese a que lo hecho es irreversible, le digo honestamente, que ésa es una jugada extremadamente arriesgada, insólita, que pocos se atreven a hacer, concluye, mientras se incorpora del sillón, me deja la factura sobre el escritorio y sale por la puerta, silbando, el muy hijo de puta, y tiene razón. En todo.

05 diciembre 2010


La lapicera escribe el número en una libreta, los números uno tras otro, sin vacilaciones, como con satisfacción por haber logrado obtenerlos, satisfacción oculta pero visible. Dio con ellos, con los números, en apretujada hilera de ellos, y quien sabe si como una larga serie de otras series de números, previos, ya consumados. Porque esa hilera prieta de números son una clave, una clave secreta, de lo más secreto que poseo, son la clave de mi cuenta bancaria en Suiza, allí donde tengo guardada, preservada, toda mi fortuna, toda mi riqueza, mi heredad. Y los números de ésa clave, que resguarda –de algún modo- mi propio ser- se han ido anotados en esa libretita. Puede decirse que a partir de ése simple –sutil– episodio, mi batalla puede darse por perdida. ¿Qué queda después de eso? El detective me semblantea y con tono irónico me sobra, pero a Usted no le han robado nada, calibra, y tiene razón, hay robos que son más sutiles, que apelan a mecanismos más perversos. Al cabo, tiene razón, y ni éste, ni ningún otro detective, policía o juez encontrarán mérito alguno para iniciar una causa penal. Quizá ya esté perdido, quizá no lo sé aún y con esos números que se trastocan, se permutan, se entremezclan, ya han abierto la caja de seguridad que preserva mis últimas riquezas, quizá ya he sido saqueado y no me he dado cuenta. Claro que no, dice el detective con tonito de superioridad condescendiente, hasta que haya efectivamente algún hecho pasible de ser denunciado no podemos hacer nada, claro que no, el humo de la pipa se retuerce en el aire, y el mismo momento, el instante justo en que los números iban siendo escritos en el papel ronda mi cabeza, detenido en el tiempo, tratando de recordar algún detalle, algo que pudiera ayudarme a comprender lo sucedido. Claro que yo le entiendo, insiste el detective, no se vaya a creer, pero aunque tenga la seguridad de encontrarse en el centro de una conspiración, debemos llevarle al juez algún hecho concreto, alguno. Claro que tiene razón, la misma argumentación la podría haber dado yo, o aún, con muchos menos indicios que lo que poseo en este caso, me hubiera considerado sin atenuantes un charlatán más. Pero los números se iban escribiendo, uno por uno, lentamente, como triunfales de haber sido obtenido por el engaño artero. Entonces recordar la escena de ése –potencial, incierto- crimen, dónde se encontraba cada uno de los presentes, si se conocían, qué dijeron, qué dijo cada uno, cómo se miraron, todo, cada ínfima cosa puede ser reveladora. Claro que también es posible que no haya conspiración concluye el detective, usted se maneja con la hipótesis innegociable de que sí la hay, pero sabe también que puede no haberla. Claro que lo sé, claro que sí, y sólo mi ansiedad por esos números perdidos, por no saber en dónde están, la angustia insondable de no saber qué harán con ellos, me lleva a apostar a un motivo oscuro, siniestro, pero sí, claro que las cosas podrían ser mucho más simples, de hecho ser así, sin más aditamentos, como lo suelen ser muchas veces las cosas en esta vida. Aunque ésa, lo reconozco al fin, es la hipótesis que menos deseo.

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