
A la tardecita la calle cuarentyocho, llegando a uno, se pone oscura, o creo que en aquélla época era oscura, y no sé cómo es ahora, pero en lo que recuerdo de aquélla vez me parecía oscura. E íbamos a una asamblea, a la facultad de exactas, y eras rubia, o lo eras suficientemente rubia, y en esa cuadra, hablando de tonterías, como eludiéndo hablar del qué, como esquivándole el bulto, como haciéndo de cuenta que, que como quién no quiere la cosa, nos dimos la mano, rubia, sin mirarnos, como haciéndonos los boludos, mirando para otro lado, nos rozamos las manos y entrelazamos los dedos, y yo no sabía qué pensar de vos, y vos, vaya a saber qué cuernos pensabas –si pensabas algo- de mí. Había el umbral de una casa que pintaba lindo para detenerse ahí a hacerse arrumacos, a apretar, y no sé si nos paramos ahí, o si a la pasada pensé que sería un buen lugar, o si hubiera deseado que estuviéramos un rato ahí. Capaz, rubia, que la rubia y yo pensamos lo mismo, pero de puro hacernos los boludos no hicimos nada y pasamos de largo, y creo que en esa cuadra no nos besamos, porque estaba la asamblea, y porque en exactas, y porque el conflicto estudiantil, y Menem o Duhalde, de veras que no recuerdo bien. La asamblea en exactas, con ésa rosca creída de sí misma, con ésa impostación de importancia de la militancia estudiantil, con todos los tics de impunidad absoluta de aquélla militancia estudiantil. Y la rubia, eras todas las rubias, la única, al menos en mi pedigrí, te acordás rubia? Que las rubias siempre me habían sido esquivas, no como al Che Guevara, seguro, que me guiñaba un ojo cómplice desde alguna calcomanía de tu cuaderno, seguro que al Guevara ése se le habían dado las rubias, o al menos: qué rubia, como vos, rubia, no le hubiera dado pista al galán guerrillero, tan icónico, tan Marylin Monroe de la Revolución. Te acordás, rubia? Un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal, pegadito y punto seguido con aquello de no perder la ternura. Aquello sí que garpaba, la pólvora y la ternura. Aunque en aquélla militancia la pólvora fuera a lo más de revólver de sevita, y la ternura, bueno, las manos que se agarran en la oscuridad de la calle cuarentyocho, eso sí, mirándo para otro lado, haciéndose los boludos, porque el apriete y los besos vinieron después de la asamblea, donde los compañeros estileteaban con el rosqueo, como midiéndose en el truco, como si estuviéramos discutiendo ministerios y subsecretarías, o el paso a la guerra prolongada y el frente único antimperialista. Pero según creo, o debiera recordar, en el fondo se trataba de quién ponía su bandera más a la cabeza de una marcha, disputa jodida che, si las hay. Así que nos mirábamos cómplices en medio del debate, cómplices solamente de una mano que nos dimos, faltando una cuadra para llegar a exactas, o cómplices de lo que, se supone, debería venir después, pero que, oh, detalle, garronazo, no vino nada, porque la rubia, te acordás? Terminó escabulléndose, no me puedo explicar por qué, porque te acordás rubia, cómo apretamos después? Qué biaba de roces y toqueteo que nos dimos, la rubia y yo, ésa que era todas y la única rubia, y la noche nos encontró calientes como dos pendejos, pero vos no querías, y ahí el glamur de rubia brava se te había ido al carajo, y tenías miedo de vaya a saber qué, y no querías, y seguro que el pantalón ajustadito ése que llevabas, ése que te marcaba la curva imponderable de atrás, seguro que hasta ahí llegaba la humedad, porque nos tocamos hasta el alma rubia, y temblabas, cómo temblabas en un momento, y ahora pienso que capaz acabaste ahí, en la vereda, porque la asamblea había terminado, y ni vos ni yo, ni la rubia que era todas y una, nos acordábamos un rábano de lo que había pasado en exactas, sí nos acordábamos bien de que al finalizar la rosca habíamos salido como un rayo por el pasillo central de la facultad, rumbo a la, ahora sí, oscuridad del retazo de bosque de calle uno y la facultad de ingeniería. Quizá habías anotado algo en tu cuaderno, alguna resolución asamblearia, porque yo no le llevé el apunte a la asamblea, te lo dije, y vos te debías haber dado cuenta ya, por eso de las miraditas cómplices, pero se lo dije y se rió, te reíste rubia, te reíste y te sentiste mirada, porque, convengamos rubia, venías con la estima golpeada, y querías, y te venía bien la mirada. Pero al cabo de la noche estábamos forcejeando en la calle y nada, ya no querías, capaz que ya tenías satisfecha la necesidad de cotizarte y de apretar, y de calentarte un poco, pero no demasiado rubia, no demasiado, no demasiado por las dudas de quién sabe, quizá tenías esperanza todavía de que no te hubiesen dejado del todo, que te vinieran a buscar, y entonces al cabo de la noche, me fui a dormir sin vos, o lo que es lo mismo, me fui a dormir, como tantas veces, irremediablemente solo. Y entonces era sólo eso, y la mano que buscaste vos también, porque extrañabas una mano en tu mano, y justo, justo en esa oscuridad de la calle cuarentyocho, cuando empieza a caer el Sol, ésa mano tuya se rozó con la mía, y haciéndonos los boludos, mirando para otro lado, porque había que ir a la asamblea de exactas, casi de casualidad, rubia, esa rubia, que podía ser todas o la única, o al fin y al cabo, que fue ninguna, ésa rubia, me tomó de la mano.







