31 enero 2011
El Yoni salta, grita, se desgañita. Ni bien siente el menor ruido, el menor presagio de que alguien llega comienza, resguña el vidrio de la puerta, da unas cabriolas enloquecidas, llora, profiere unos chillidos de histérica estridencia, desquiciados. Da vueltas en rededor de sí mismo, una y otra y otra vez, anhelando que la puerta se abra, que alguien llegue, desesperanzado de soledad. El Yoni quisiera salir, al menos un ratito, a correr por ese pasillo vedado, y entrevisto apenas por la ventana de la puerta, aún más desearía ir a la plaza, correr sin límite alguno, sentir el pasto bajo sus patas, oler las plantas, los árboles, la gente, los animales, todo. Pero el Yoni nunca va a la plaza, el único aire libre que conoce es el del estrecho patio, embaldosado, por el que corre de un lado hacia el otro, golpeándose tantas veces, y recibiendo finalmente una catarata de reprimendas. Porque al Yoni lo cagan a pedos todo el día, para él los gritos son parte de los sonidos habituales de la vida. Porque salta, porque ensucia, porque se encima buscando una caricia, un mimo, porque babea, porque hace pis, por todo. Qué vida de mierda que tenés, Yoni, vida de juguete animalizado, vida de animal hecho juguete, enajenado, desnaturalizado. Un día te vas a escapar Yoni, ya lo sabemos, todos los perros van al cielo.
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