
decidió que no le iba a escribir, que no la iba a llamar, que no le iba a mandar mensajes de texto, ni pedidos lacrimosos de repensar lo decidido, no le iba a pedir que por favor se vieran, al menos una –¿última?- vez; decidió que no iba a importunar a sus vecinos apersonándose con mariachis bajo su balcón; decidió que no le iba a llorar la carta del corazón hecho pedazos, del te necesito, del te extraño; decidió que no iba a jugar al inquisidor pretendiendo desentrañar las implicancias y causas de cada una de las palabras dichas; decidió que la vida es así, que a veces se tiene buena suerte, y a veces muy muy mala, que hay cosas que quedan fuera del alcance de la voluntad, decidió que luchar inútilmente puede aparentar ser romántico, pero revela más la vanidad egoísta del pretenso luchador contra molinos de viento, que sigue empecinado diciendo que son gigantes; decidió que si quijote ya había mordido el polvo volteado del pingo por las aspas que giraban impertérritas de viento, lo mejor que podía hacer era aceptar la mano que Sancho le ofrecía, sacudir de tierra la armadura, espolear a Rocinante y seguir camino, ilusiones y fracasos no iban a faltarle; decidió quedarse con esas fotos de una plaza que los encontró compañeros, rodeados de música, en que de a poco se fueron abrazando y siendo algo; decidió juntar los pedazos –otra vez- así como quijote su lanza, y en todo caso escribir para sí mismo la narración de los contrafácticos, de los quehaceres que no sucedieron, de los que sí ocurrieron, de la noche más larga que el día, del ferrocarril cansino que los llevó a ninguna parte; decidió que –al menos- podía seguir poetizando, porque aún y durante mucho, iba a seguir estando envuelto en su pena, la de ella y la propia, porque aún iba a seguir empapado de deseo, trunco pero vivo, ferozmente instalado bajo la epidermis; decidió que las cantilenas son inútiles, que el orgullo no existe en estas cosas, que sólo es el disfraz del egoísmo; decidió que el mundo es ancho, que las casualidades –pruebas al canto- efectivamente existen, y que si había ocurrido ya una vez y misteriosamente, bien podría, otra vez, volver a ocurrir; decidió guardar en esa caja de objetos los pocos que de ella le habían quedado, que aunque fuera fetichista, y acaso inútil, merecían ser guardados; decidió que ante la ignorancia acerca de si se trataba de un final o de una transición, iba a seguir creyendo, con la fe de siempre, en los principios; decidió que todo lo hecho había valido la pena, que arrepentirse es de maricón, y que de todos modos, fuera de toda duda, cada minuto acontecido había sido maravilloso; decidió guardar duelo en un rincón, sin aspavientos ni estúpidos exhibicionismos, lamerse las heridas nomás; decidió, quizá aún en caliente y dolido, que cada vez menos podía esperar, necesitar, hallar donde sostenerse, que nadie iba a hacer nada por él, y que al fin y al cabo, eso podía ser una buena enseñanza, o moraleja, o vaya a saber qué; decició no poner ni puntos seguido, ni finales, por las dudas, porque nunca se sabe, porque la vida va y viene, y tiene sus vueltas, aunque luego de las vueltas nada es lo mismo e igual que antes; decidió finalmente que la santa federación seguía necesitando de sus vivas, y que había que seguir combatiendo a los salvages unitarios, y que, entre una cosa y otra, le quedaría tiempo también para cantar vidalas y cielos en aquella reja, la del patio vacío




1 dichos:
"...seguir creyendo, con la fe de siempre, en los principios"
Eso no más.
;)
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