
Cuenta la leyenda que la llamada Universidad de Berisso nació en Febrero de 1946. Entre los fastos celebratorios del triunfo electoral, un grupo de lugareños adherentes al nóvel movimiento, junto a algunos forasteros de similar cuño, se juramentaron para fundar una cofradía de promotores y custodios de la Nueva Argentina. Los adoquines de la calle Nueva York fueron testigos indolentes del concilio iniciático, y los nombres que integraban aquel grupo de soñadores se han perdido, quizá para siempre.
Será tal vez que en sus artículos fundacionales la tal Universidad se proponía una existencia clandestina –o secreta, o más bien hermética- lo que explique el anónimo destino que la historia deparó a sus académicos liminares.
La Universidad de Berisso desconfiaba de los saberes extraños. No es que los excluyera, o despreciara, como fuente de conocimiento. Sólo los ponía en lista de espera. Su fuente principal, la savia nutricia que alimentaba su ciencia, estaba en las emanaciones telúricas de la patria misma. El númen de la sabiduría peronista no era otro que el Espíritu de la Tierra.
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Alguno de los simpatizantes de la Universidad –ajeno, por cierto, a su planta académica- acercó una vez la idea de construir un monumento al mentado Espíritu de la Tierra. No es necesario decir que, aceptada la propuesta, ásperos debates se sucedieron sin que finalmente pudiera nada concretarse.
En cuanto a la fórmula estatuaria a simbolizar en el monumento, lidiaron confrontados dos bocetos divergentes. Uno era de la criatura prehistórica –“antediluviana”, según las categoría empleadas por la Universidad- denominada gliptodonte, que se supone habitó las pampas en tiempos pretéritos, aunque sus oponentes la desestimaron refiriéndose a ella como “peludo gigante”. El bando contrario avalaba le figura de un hombre gigante, de dimensiones desmesuradas, que, mirado de cerca pudiera verse con nitidez que estaba compuesto a su vez, por infinidad de hombrecitos de tamaño minúsculo. Consultado al respecto en cierta oportunidad Don Raúl Scalabrini Ortiz, negó lisa y llanamente relación alguna con la cuestión. Y se ha dicho también que el proyectado, y malhadado, monumento al Descamisado, tuvo su orígen en una conspiración de académicos de la Universidad de Berisso. Otros han pretendido encontrar en cierta voluminosa novela de renombre en el Pensamiento Nacional, en que un peludo enorme surge ante unos muchachos viajando iniciáticamente por los arrabales de Buenos Aires, la prueba de que su autor fue integrante de la Universidad, o aún el mentor de la propuesta.
La locación y dimensiones del monumento fueron también materia de discusión. Diversas plazas de la Capital fueron estudiadas, y hasta hubo quien propuso situarla en la Vuelta de Obligado como custodio emblemático de la soberanía nacional. El parecido de esta idea con la de la estatua de la libertad de la ciudad de Nueva York provocó, sin embargo, el repudio airado de una idea que humildemente consideramos simpática.




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