El párroco de la aldea dobló el pergamino cuidadosamente y lo ocultó dentro de su hábito, se trataba de una locura, no podía pensar otra posibilidad.
El párroco supuso que si un ápice de lo que había leído era verdad, no sólo peligraba el Papado, sino toda religión, incluso la de los infieles
El Párroco se vio ante un grave dilema, si llevaba el pergamino ante su obispo, no acabaría el mismo en la hogera?
El Párroco pensó que si el pergamino llegaba Roma sería destruído u ocultado, pero si era verdad, no estaba acaso en peligro toda la cristiandad?
El Párroco no podía quitar de su mente la primera mirada que echó sobre ése texto aljamiado y el vértigo que lo inundó al decodificar sus letras
El Párroco volvió a sentirlo como si lo tuviera entre sus dedos, era un pergamino grueso, con un borde cortado, era una página arrancada de un libro, era una escritura apretada y sin adorno alguno
El Párroco recordó cómo había llegado a sus manos el pergamino, y deseó no haber respondido jamás al llamado desesperado que sintió esa mañana en la puerta de la parroquia
El Párroco recordó que el trastornado y exánime peregrino que había llamado a la puerta esa mañana yacía sepultado en el camposanto lindero a la parroquia
El Párroco tenía grabado en sus ojos el semblante mortuorio del peregrino, sus palabras sinsentido, su mano huesuda aferrando el pergamino, los temblores frenéticos que lo acosaron antes de expirar
El Párroco se estremecía al recordar ésas palabras, heréticas, que había leído, y temblaba más aún porque no podía dejar de recordarlas
El Párroco sentía que esas palabras indecibles se arremolinaban ante sus ojos, y pujaban frenéticamente por ser dichas, era como una brujería diabólica que tironeaba de su lengua y trataba de apoderarse de su habla
El Párroco descubrió que su mano aferraba nerviosamente el pergamino doblado que había escondido bajo su hábito, que una fuerza desconocida lo impulsaba a sacarlo de allí
El Párroco cayó en la cuenta de que era la única persona en muchas leguas a la redonda capaz de leer ése arcano papel escrito en castellano con letras arábigas, y que algún oscuro misterio había llevado al peregrino hasta su puerta
El Párroco maldijo la hora de su juventud en el monasterio en que habia decidido estudiar esos viejos folios en aljamía que se guardaban en la biblioteca
El Párroco pensó en quemar el viejo y ajado pergamino, y se preguntó por qué todavía no había pensado en hacerlo, por qué no lo había hecho todavía, por qué su mano insistía en aferrarlo por debajo de su sayal
El Párroco decidió finalmente destruir el pergamino, debia ser un engaño, una locura, pero, sin embargo, en sus letras ardia un fuego que intimidaría al mismo Satanas
El Párroco se acercó tembloroso a los rescoldos del fuego que aún quedaban bajo el calderillo en que cocinaba, y sacó el pergamino del bolsillo interior de su hábito
El Párroco desdobló el pergamino, y sus ojos volvieron a observar la escritura que se apretaba en ésa página maldita, quizo creer que, puesto que lo iba a quemar, podría mirarlo acaso una última vez
El Párroco sintió que ésas palabras parecían bailar ante sus ojos, parecían tomar forma material; sin advertirlo, sus labios se movían en silencio, como recitando las fórmulas grotescas allí escritas
El Párroco se sintió invadido por un terror profundo, insondable, como si toda la creación se hubiese vuelto un minúsculo terrón de tierra rodeado de una oscuridad poblada de siniestras formas
El Párroco leyó nuevamente las indescifrables palabras, que resonaban dentro suyo como espantosa letanía, esas palabras no podían ser de éste mundo, era imposible
El Párroco imaginó por un momento cómo sería el libro de donde había salido ése pergamino: si era ésa tan sólo una página, cuál sería ése libro maldito, quién lo habría escrito, y qué otros misterios aterradores podría contener?
El Párroco acercó el ajado pergamino hacia las brasas, y antes de que ardiera alcanzó a leer en el anverso un nombre, como una rúbrica, o firma: Abdul Al-Azhred
El Párroco supo qué ése nombre y ésa letanía de palabras sin tiempo, que esos sonidos que ni el Diablo hubiera podido concebir, que las imágenes blasfemas evocadas por las palabras del pergamino, lo acompañarían hasta el final de sus días
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