10 abril 2011


La literatura, el cine, se entrecruzan de contínuo con lo paranormal, con lo fantástico, con la creencia en una dimensión paralela y oculta de la existencia. Civilizaciones perdidas, conspiraciones sinárquicas, criaturas extrañas, potencias y fuerzas sobrenaturales. Se trata de un universo sincrético de religión y paganismo, de paranoia y racionalizaciones extremas. Vida extraterrestre y salvacionismo mesiánico, junto a la pesquisa de secretos milenarios. Son los mundos paralelos a la existencia mundana y prosaica de la modernidad posindustrial. Si los grandes relatos cayeron, con ellos también se derrumbaron -al menos en occidente- los grandes relatos religiosos que ordenaban y daban sentido a la existencia de las personas, desde el nacimiento a la muerte.

Lo que no proveen las grandes creencias institucionalizadas es provisto por multitud de relatos parciales, que buscan recuperar el sentido de la trascendencia, por la ficción literaria, por el cine, por la circulación de leyendas urbanas. Es un campo de creatividad inagotable, y de inagotable capacidad también para reciclar viejas mitologías, símbologías y significados.

De eso trata también la escritura. Del recuento de los misterios, reales, supuestos, o presuntos, que trazan las coordenadas de un abigarrado abanico de Mundos Paralelos, los que comienzan más allá de las certidumbres cotidianas, más allá del Finis Terræ de las doxas, epistemes y paradoxas, el océano de lo místico y conjetural. Lo impensado.
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