28 agosto 2011



revisó por última vez la caja de zapatos donde guardaba las fotos, las cartas, algunos recortes y una parte –una parte- de los recuerdos, y no estaba, ahí tampoco, decididamente no tenía nada, ni un papel, ni una entrada de cine, ni un envoltorio de chocolate, tenía el césped de la plaza, alrededor del tobogán, la cajita de fósforos del telo que habían frecuentado durante tantas y pocas noches, igual, igual que sólo tenía el calor pegajoso de aquel diciembre,cuando tenía doce años y había caminado sesenta cuadras para llegar primero a la casa de Andrea, antes que el resto, y así conocer su tortuga y su perrito de adorno hecho de cuentas de colores, las sesenta cuadras de ida, porque no tenía ni puta idea de qué micro tomar, y las sesenta cuadras de vuelta, innecesarias, pero imprescindibles para digerir y mascullar el fracaso irreversible, de aquélla mujer, la primera que deseó, que deseó hasta los huesos, cándidamente, con la candidez irrepetible que sólo se puede tener a los doce años, porque Andrea era hermosa, y ése día se puso de novio con uno de sus amigos; con la suerte –quizá- de que nunca jamás la volvió a ver, ni supo más nada de ella, ni de su amigo, ni de nada, porque al terminar ése diciembre su familia se fue a vivir a otra ciudad, donde encontraría otras que iba a desear, pero ninguna Andrea, irrepetible, no por el deseo, sino porque había sido su primera vez del deseo, su primera vez de caminarse sesenta cuadras al pedo, y si algo hay que se parece a las primeras veces, son las veces que uno cree que pueden ser la última, en que uno desea, hasta el alma de los huesos, que sí, que sea la última, por eso la primera vez puede ser un dolor irrepetible, pero en ningún caso tan jodido como ésas otras, fallidas, no-últimas, al fin y al cabo, ésa cajita de fósforos era lo que tenía, el césped de la plaza alrededor del tobogán, y dos diciembres, con ello podía dar por satisfecho su obsesión por los objetos, tan sólo, y nada más que el calor pegajoso de Buenos Aires bajo el concluyente sol de sesenta innecesarias cuadras, todo eso, casi nada, y nada más
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El cuadro: de Xul Solar

5 dichos:

Palabrascromáticas dijo...

Muy lindo este relato. esas primeras sesenta cuadras de cuando se descubre el deseo (y uno se decide a seguirlo) son maravillosas.

Carlos dijo...

grazie che, y la verdá es que á iguales circunstancias las volveríamos a recorrer sin dudarlo.

Slds!

Nazareno dijo...

Me hiciste acordar a un viejo yo. Y casi los invito a los dos a tomar algo. Por ahi lo hacemos.

Carlos dijo...

Muy muy interesante che, eso de juntarese a tomar algo con un "viejo yo", es más, una ronda más amplia, con varios "viejos yoes", a compartir pormenores y perspectivas, pasadas, irrepetibles. Capaz que es el germen de una idea para escribir. Slds!

Anónimo dijo...

lindo lindo

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