Catalina de Loreto espació las miradas anhelosas con que vigilaba el visillo de la ventana. El más leve rumor, el trote de un caballo, unos pasos apurados, una conversación lejana, la habían sobresaltado sin solución de continuidad durante toda la tarde. Ahora el Sol caía, y todavía no había recibido ninguna noticia, ni una esquela, ni un mensajero. Se acomodó en el sillón, cuyo crujido resonó en la habitación sombría. Hubiera esperado alguna novedad ya a la hora de la siesta, hubiera deseado algún indicio, un signo, algo que le revelara qué puerta del armario abrir, qué vestido ponerse, qué guantes elegir. El estómago le demandaba atención. Apenas había tomado algún mate al mediodía, luego de lo cual ya no hizo sino esperar. La intuición de lo acontecido luchaba por imponerse contra su esperanza, cada vez más improbable. Recapituló lo que debía hacerse en el peor de los casos. Cuando ya sólo sombras se adivinaban en la calle polvorienta escuchó unas voces que se acercaban al zaguán, el rodar de un carro, un sonido conocido, el tílbury del Escribano. Se levantó de golpe, tanto que se mareó y por un instante pensó que iba a desmayarse. Se mantuvo en pie, y como si todo le estuviera sucediendo a otra persona, fue hacia el armario, abrió la hoja de la puerta de la derecha, descolgó un vestido y tomó un sombrero, de un cajon sacó los guantes, llevó todo hacia la cama y ordenó las prendas prolijamente. Todavía recogió una cinta que podía oficiar de crespón, todo de color negro. Los hombres que ya estaban llamando a la puerta venían a dar su pésame a la Viuda de Don Tiberio Loreto, Presidente del Partido, muerto ése día, en duelo con el Coronel Galíndez.
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